Diego, contame otra vez el gol a los ingleses, el gol de todos los goles…

Por primera vez en 35 años, Maradona está ausente para festejar su conquista más grande frente a Inglaterra en el Mundial de México ‘86. Su biógrafo rescata la narración de esa obra maestra que le hiciera el 10, una tarde de recuerdos en La Habana, Cuba

La obra dará el último paso a la eternidad cuando su autor se sorprenda de lo que hizo y Diego murió redescubriendo con emoción el más bello gol de la historia del fútbol.

Al igual que a los 114.000 espectadores en el estadio Azteca y a los 2.200.000 millones de televidentes en todo el mundo, a la exclamación de asombro del “no puede ser”, le siguió la emoción perfecta de un llanto infantil, de una caricia paternal, de un abrazo fraterno.

Nosotros creemos que el gol de los goles que vimos hace 35 años es el mismo que seguimos viendo; pues no, el que vemos ahora y renueva nuestro asombro es más bello, pues el fluir de la vida revaloriza aquellos momentos en los cuales la felicidad hubo de detenerse en el punto inamovible de nuestra memoria. Y aunque este hecho singular alcanza a todos los públicos del mundo que hoy transitan la vida desde los 42 años, para nosotros los argentinos, adquiere una dimensión especial pues fuimos y somos orgullosos jinetes de la simbiosis Argentina-Maradona…

Hoy el gol es más bello; y aunque ya no conserva aquel agónico suspenso sigue mostrando los ínfimos detalles de una milagrosa destreza. Su triunfal travesía duró 10 segundos con 6 décimas. Eso fue lo que le demandó a Diego eludir a la carrera y gambeteando a los seis rivales ingleses que intentaron quitarle el balón a lo largo de 52 metros sobre el campo de juego: Beardsley, Reid, Butcher, Fenwick y finalmente el arquero Shilton.

Recuerdo aún el énfasis en su voz contando este gol para su libro autobiográfico. Transcurría Febrero de 2000, estábamos en La Habana, más precisamente en La Pradera y habíamos terminado de cenar. Serían alrededor de las 9.30 y Diego había postergado la descripción del segundo gol contra Inglaterra pues quería hacerlo minuciosamente y tal como lo iba recordando. Sí, lo evoco con sus ojitos chispeantes y los pómulos filosos de su rostro desinflamado. Lo veo recuperado y feliz dispuesto a contar como fue construyendo la más grande obra de arte que el fútbol mundial haya ofrecido jamás. Y mientras esto ocurre me pregunto cómo fue que ya no está, que por primera vez en 35 años hablaremos del más bello gol de la historia resignados a su ausencia. Ignoro el planeta lejano en que se encuentra pero escucho su voz entera de entonces rematando cada frase con una carcajada luego de soltar el nombre de algún adversario o algún compañero. Y le pido otra vez, como si fuera cualquier espacio del ayer que nos cuente el gol, el segundo que le marcó a los ingleses, el gol de los goles. Y el comenzará su relato así, en tiempo presente, como aquella noche en La Habana o como otras mil veces junto a manos amigas secando el último llanto:

”La cosa es que habíamos llegado hasta ahí cuando nadie creía en nosotros y alguno me preguntó si nos conformábamos con estar entre los ocho mejores… ¡Para qué! Les recordé, porque la tenía siempre bien presente, aquella frase de Obdulio Varela, antes de la final del ’50, antes del Maracanazo: “Cumplidos estaremos solamente si somos campeones.”

”Se venía Inglaterra, nada menos. 22 de junio de 1986, otro día que no voy a olvidar nunca… Aquel partido contra los ingleses, peleado, apretado, con el negrito Barnes complicándonos las cosas al final. Y con mis dos goles. ¡Mis dos goles!”.

”Del segundo recuerdo muchas cosas, muchas… Si lo cuenta algún pariente mío, siempre aparece un inglés más; si lo cuenta Coppola, dirá que Bilardo me había dado la noche libre el día anterior y yo volví para el partido, al mediodía… No, en serio: creo que es el gol soñado. Yo en Fiorito soñaba con hacer algún día un gol así en la canchita, con el Estrella Roja; pero no para mi país en la final de un Mundial”.-

“Sí, una final…, porque nosotros, por todo lo que representaba, jugábamos una final contra Inglaterra. Era como ganarle más que nada a un país, no a un equipo de fútbol. Si bien nosotros decíamos antes del partido que el fútbol no tenía nada que ver con la Guerra de las Malvinas, sabíamos que habían muerto muchos pibes argentinos allá, que los habían matado como a pajaritos… Y esto era una revancha, era… recuperar algo de las Malvinas. Todos decíamos, en las notas previas, que no había que mezclar las cosas, pero eso era mentira, ¡mentira! No hacíamos otra cosa que pensar en eso, ¡un carajo que iba a ser un partido más!”.

”Era más que ganar un partido, era más que dejar afuera del Mundial a los ingleses. Nosotros, de alguna manera, hacíamos culpables a los jugadores ingleses de todo lo sucedido, de todo lo que el pueblo argentino había sufrido. Sé que parece una locura, un disparate, pero eso era, de verdad, lo que sentíamos. Era más fuerte que nosotros: estábamos defendiendo nuestra bandera, a los pibes muertos, a los sobrevivientes… Por eso, creo, el gol mío tuvo tanta trascendencia. En realidad, los dos la tuvieron, los dos tuvieron su gustito…”.-

El segundo fue, como dije, el gol que uno sueña de pibito. Nosotros, en el potrero, cuando hacíamos algo así o parecido decíamos que lo habíamos mareado al rival, lo habíamos vuelto loco… Fue… no sé, cuando yo vuelvo a verlo, me parece mentira haberlo logrado, en serio. No porque lo haya hecho yo, pero te parece que no se puede hacer un gol así, que lo podrás soñar, pero nunca lo vas a concretar. Ya es un mito, ahora, y por eso se han inventado muchas cosas, como que yo pensé en un consejo de mi hermano, en el momento… No, en el momento no, pero después sí me di cuenta que algo me habrá venido a la cabeza, porque definí como mi hermano el Turco me había dicho. Hacía un poco más de seis años durante una gira con el seleccionado mayor, contra Inglaterra, en Wembley, yo había hecho una jugada muy parecida, pero muy parecida y definí tocándola a un costado cuando me salió el arquero. La pelota se fue afuera por esto, por nada, cuando ya estaba gritando el gol. Fue entonces cuando el Turco me llamó por teléfono y me dijo: “¡Boludo! No tendrías que haber tocado…; le hubieras amagado, si el arquero ya estaba tirado. Y yo le contesté: “¡Hijo de puta! Vos porque lo estabas mirando por televisión”. Pero él me mató: “!No, Pelu, si vos le amagabas, enganchabas para afuera y definías con derecha, ¿entendés?”. ¡17 años tenía el pendejo! Bueno, la cosa es que esta vez definí como mi hermano me había pedido”.-

”Lo que sí es cierto, y también se cuenta como una leyenda, es que yo lo venía viendo a Valdano, que corría a mi izquierda, abriéndose hacia el segundo palo… La cosa fue así: yo arranqué atrás de la mitad de la cancha, sobre la derecha; la pisé, giré y pasé entre Beardsley y Reid; ahí ya me puse el arco entre ceja y ceja, aunque me faltaban 30 metros, todavía… Con un enganche hacia adentro lo pasé a Butcher y es a partir de ahí donde me empezó a ayudar Valdano, porque Fenwick, que era el último, ¡no me salía! Lo esperaba a él, lo esperaba para hacer la descarga hacia adentro, que era lo lógico… Si Fenwick me salía yo se la daba a Valdano y él quedaba solo contra Shilton… Pero Fenwick ¡no me salía! Yo entonces lo encaré, amagué para adentro y me le fui por afuera, hacia la derecha… ¡Me tiró un guadañazo terrible, Fenwick! Yo seguí y ya lo tenía a Shilton de frente… Estaba en el mismo lugar que en aquella jugada de Wembley, ¡en el mismo lugar! Iba a definir de la misma manera, pero… pero el Barba (Dios) me ayudó, el Barba me hizo acordar…Tic, hice así y Shilton se comió el amague, se lo comió… Entonces llegué al fondo y le hice, tac, adentro… Al mismo tiempo Butcher, el grandote rubio, que me había alcanzado de nuevo, ¡me pegó un patadón! Pero no me importaba nada, nada de nada… Había hecho el gol de mi vida”.-

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